Hace aproximadamente cuatro años escribí esto:
"El Metro de Madrid es como un enorme intestino que recorre las entrañas de la ciudad, transportando en gusanos blancos desechos de aspecto notablemente humano. Me destaco entre ellos, no como algo fuera de lo común. Antes al contrario. Soy muestra perfecta de un deshecho humano, que debiera ver el fin de su integridad molecular acompañado por el ruido de agua corriente.
En uno
de esos viajes yo estaba sentado cómodamente, escuchando música y
viendo como el resto de desechos entraban y salían en un frenesí
que a cámara rápida y acompañada de una canción rápida de los
años veinte seria extremadamente cómico.
Pero de
pronto algo hizo que dejase de pensar en ese tipo de estupideces: en
mi vagón entro el que debía ser uno de los hombres más atractivos
que he visto. Tenía el pelo negro, y largo, aunque no mucho. Lo
justo para que se le formaran unas hondas que merecían tratamiento
pictórico individual. Recuerdo que tenía los ojos verdes, y también
que se había dejado un poco de barba, muy corta pero muy masculina.
A pesar del frió que debía hacer en la calle, llevaba un jersey
fino y con cuello ancho, lo que permitía que se quedaran al
descubierto los hombros y el cuello. Diecinueve años más o menos.
Increíble.
Lo observé con disimulo durante el resto de su viaje. Se bajó en
Ciudad Universitaria. Lo vi perderse entre los desechos, y antes de
que el metro se pusiese en marcha, estoy seguro de que me miraba.
Aunque seguramente solo lo imaginara. Soy consciente de que yo nunca
estaré en su lugar, nunca podre ignorar a alguien que se ha quedado
prendado de mi. Lo se, porque es obvio que nunca nadie me va a mirar
como yo lo miraba a el. Siempre seré un desecho, un despojo devorado
por gusanos blancos."
En verdad es sorprendente lo poco que ha cambiado todo. Ha veces creo que he cambiado, pero no. Las vías del metro conservan su atractivo.
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