Soy Sebastián. Pero no soy santo, no
soy bello.
Deseo besarte, pero permite antes que
abofetee mis labios sangrantes.
Soy Sebastián, una fuente. Mi poca
sangre en razonamientos ralentizados desborda el suelo. En el vacío
ahogaré mi cuerpo con mi propia sangre.
Más sangre.
Y otra flecha se clava en mi carne
magra. Y otra lanza se hunde en mis venas.
Más sangre. Mis labios carmesíes...
mis labios de puta, mordidos por mil perros ¡Sangre!
Con navaja, poco a poco, madre ¿Te
gusta esta postura? Seguro que las santas estrellas no me ven el culo
ahora.
Más sangre, mi cuerpo atado a tu coño,
más sangre.
Y en extranjeras concavidades de mis
huesos, pellejos colgantes y vacilantes susurran, como las hojas que
bailan en los árboles. Engordando sin parar, mi gesto pura costra, y
mi boca un desgarro ¡Sangre!
El rojo de la sangre celebra alegre la
luz del universo, vacilante en llamas estalla el susurro de mis
anhelos.
Me golpeo la cara mientras escribo,
desearía mi dolor para quien leyera estas palabras. ¿Negará
alguien la belleza de la sangre? Deseo su sabor de nuevo.
Con la fortaleza de un huracán, arrasó
la tristeza mi mente. Me siento como un mamón mamado.
Instinto dominado por la superficial
máxima del asfalto.
Y ahora, un poema.
Obesas nubes sudorosas gritan
desgarradas con dolor por la luz del
sol
¿Que sentimiento aterra tu alma?
¿Que demonios inscribieron
sus nombres en tu tumba?
Soberbia voz es tu poesía,
débil introduces tu lengua
entre las letras negras de
la lluvia.
Reclamo de mi cuerpo
la salud y la enfermedad
en matrimonio con mi muerte,
ofrezco mi mente.
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