Lancé mis dedos al aire, cayeron por las escaleras, y allí
abajo compusieron la forma de tus encías.
El sonido de las luces que se apagaban dentro de mi, resumía
el futuro de mi materia gris, que babea sobre tus hombros.
Mis ojos cayeron sobre el parqué y rodaron hasta la salida
de emergencia, desde allí veía como te movías de forma extraña por la alfombra
persa, llena de vómito morado, de mechones
de pelo.
Quince cutículas despegadas de su lugar, estructuraban mis
fobias más terrenales, y servían de acceso directo al delirio.
Una ínfima vena que conectaba mi cerebro con mi nariz, me
hizo huir de allí en cuanto olí tus brazos; te acercabas, buscando un abrazo, y
yo sólo corría en dirección contraria a cualquier lugar.
Terminé, por supuesto, en una cueva de papel sin escaleras,
la entrada era la misma que los huesos de tu cadera; no sé cuándo ni por qué,
volví a tu cuerpo huyendo de ti.
Un calambrazo de sangre tibia envolvió mis agujeros, una
infección de dolor agrio, y, al segundo, un “Te quiero”.
Y así los días del calendario se corrían sobre el tablero,
entendí pronto que el ser humano no es más que el dado del juego, los dadaístas
ya lo entendieron, pero yo sigo estructurando las putas palabras que escupo,
porque es más fácil llorar si entiendes lo que NO es el mundo.