Por favor
tan solo
se sincero
y dime...
a veces
¿No te sientes
como el perro
de un mendigo,
durante el día, compañero y amigo
por la noche, de mi sexo
cobijo?
Te he mentido, lo admito con
vergüenza... te he mentido. Tan bien como se que te amo (si es que
puede saberse y no sentirse) se que me odio.
Me odio. No sólo no me amo. Me odio.
Terrible, me dirás. Me arrancaría la piel de la cara... y
ensangrentada la tiraría al váter, me limpiaría con papel
higiénico, y tiraría de la cadena. Lo haría. Sólo dos cosas me
mantienen con vida, y se que tu amor no es una de ellas. Puedes
dejarme sin los remordimientos de olvidar a un muerto. No. Me mantienen
con vida el miedo al dolor... y el arte.
Mi arte, mi mal arte. ¿Y que me empuja
a crear arte? El mismo odio que me obliga a vivir muriendo.... el
odio a mi mismo. El arte es un eufemismo a mi forma de odiarme. ¿No
lo entiendes? Si no me odiara... moriría.
Recuerdo bien el colegio...
Todos los niños gritando
“¡Estás muerto!”
Pero era peor... ¡Estaba muriendo!
No seré nadie
¡Voy a serlo todo!
Y seré violado por tus ojos.
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