Las gargantas de mis hermanos siguen gritando en sus valles morados, nadie estudiará su poesía,
pero ellos siguen gritando.
La sangre morada de mermelada temprana, resbala desde sus valles, hasta sus tripas heladas.
Y dicho ésto, basta de azúcar; estoy hasta el escroto de vuestras quejas mudas, de los brazos en alto haciendo callar al único contralto que tiene algo que alegar acerca del maltrato a este submundo de payasos.
Cerráis y agitáis las manos los unos contra los otros, nos os acerquéis a mí, ¡trozos de carne y microbios!
Odios vuestros putos mocos, esos que cuelgan desde la lengua hasta el intestino rojo.
Odio vuestros oídos saturados de cera líquida, que os impide escuchar el límpido paso de tiempo; sois unos hijos de puta, y la tierra os condenará; espero ser la última en morir, para veros gritar.
Me gustaría desgarrar vuestros ojos, y hacer, con ellos, un collar; pero a cambio sólo escribo mierda que no para de brotar.
Rimo las palabras para reírme de vuestra puta cara intentando pillar el ritmo a mi retahíla de insultos purulentos, como purulenta es la tierra que pisas con tu carne medio podrida, sembrando semillas de sangre al paso que deja tu herida.
Tu cerebro se auto-aniquila, y tus labios de mantequilla no paran de comer pollas del color de una polilla.
Puta podrida de esquinas muertas, cuántos insectos habrá en tus tetas; ya no das leche, das miel de colmena, de toda la mierda, sois la abeja reina.
Que os corten los dedos, que os rajen la boca; no quiero saber más de vuestras palabras de foca; que paséis buena tarde, en vuestros nidos de paja, eyaculando vómito y saliva de plata.
Rose Lowell